Estos días, a causa de lo que implica tener frecuentes episodios de aislamiento en casa; he tenido como una señal que me dejó muy clara la idea de que, basta un segundo, para guardarte la depresión en el bolsillo y encontrarle otra vez ganas a la vida.
Es la adolescencia, lo sé. ¡Valla que duele! He pasado largas horas sin hacer nada y solo pensando en ideas volátiles, utópicas, tristes y oscuras. Resulta que ahora de la manera más absurda volví a creer en mí y en la vida. Un "cambio de luces", cuando venía de comprar el pan fue más que suficiente.
La gente viva está allí, afuera, no acá en mi pieza. No pueden adivinar lo que pienso, no se puede vivir con miedo...y yo me he pasado años con pánico de asumir la realidad.
La gente cree que soy muy madura, "agrandada". Yo no lo veo tan así. Tengo la autoestima en un precario piso de algodón que se eleva con cualquier soplo, como también con cualquier soplo se deshace.
Esta vez reencontré la vitalidad en el deseo carnal de unos ojos azules que pasaron recorriendo mi cuerpo unos segundos.
¿Será que me falta alguien?
No sé, siempre se dice que el que no se quiere no puede querer a nadie. Entonces, porqué a veces pareciera que un muchacho es la solución a mi eterno inconformismo. Es cosa de proyectar la amplitud del impacto que produce en mí algo tan insignificante para darse cuenta, que es eso lo que necesito.
"Pedile a San Antonio que te mande un novio"...Bien, tengo la intuición que es hora de que vaya a Misa los Domingos.
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